Juegos Finitos *Memorias de un periodista en la frontera. El cruce a los Estados Unidos

Juegos Finitos *Memorias de un periodista en la frontera. El cruce a los Estados Unidos

 

 

Roberto Gutiérrez

 

Para los fronterizos vivir en la frontera y no tener visa para cruzar a los Estados Unidos, es como ir al cielo y no poder entrar, en nuestro caso la salida  de San Luis Potosí, fue tan intempestiva que no pudimos trasladarnos a la Ciudad de México a obtener el visado de los pasaportes, por lo que dejamos ese trámite para después.

En esos años para cruzar en la frontera al vecino país bastaba solo una “tarjeta” o “mica” que los fronterizos utilizaban para ir de compras a Brownsville Texas, ciudad que colinda con Matamoros y de ahí se podía ir a otras ciudades cercanas, como Harlingen, McAllen o la Isla del Padre, lugares que los mexicanos utilizan para vacacionar o hacer negocios.

El requisito de la visa es reciente, pero en esos años no era necesario, bastaba con hacer un trámite ante el consulado, demostrar que se vivía en el lado mexicano y se otorgaba una identificación o mica, con la que cualquier trabajador, obrero de las empresas maquiladoras o campesinos que trabajaban en los campos la región podía cruzar.

Estas facilidades tenían una razón que aún perdura y se debía a que muchos negocios del Sur de Texas, vivían y viven de lo que compran los mexicanos, lo que generó una bonanza en las ciudades de esa parte de los Estados Unidos.

Sin embargo hay que decir que muchas de las tiendas y negocios texanos, eran de mexicanos y en algunos que me tocó ver, vendían incuso ropa y calzado nacional, pero de aquel lado, la que era adquirida solo por el hecho de que se vendía en los Estados Unidos, lo que mostraba un malinchismo en todo su esplendor.

Desde un principio mi familia y yo preferimos tramitar la visa, en lugar de la mica, que usaban los fronterizos pues nos permitiría viajar a otras partes de los Estados Unidos, por lo que un día le pregunté a Raúl Díaz, uno de los asesores de don José Carretero Balboa, que me dijera como hacerlo ante el Consulado de los Estados Unidos en Matamoros y su contestación fue rápida.

Raúl Díaz era un señor delgado, bajito, de color amarillo y ojos rasgados que hablaba dando un acento muy fuerte a sus últimas palabras pero muy tenaz, trabajaba para don José Carretero, lo estimé mucho y después supe que le había encargado estar al pendiente de mis necesidades más inmediatas, tanto en la Compañía, como en lo que se me ofreciera.

Don Raúl iba todos los días al periódico y me preguntaba mi opinión sobre lo que yo veía en la producción del diario, hablábamos sobre los trabajadores y los problemas, el contenido, los colaboradores, todo lo que él a su entender creía debía mejorar.

Siempre supe que el informaba a don José Carretero y que muchas cosas de las que él me preguntaba provenían del dueño, que por alguna circunstancia estaba de viaje a la Ciudad de México, o bien ocupado con sus otros negocios en una oficina que tenía en Brownsville Texas, lo que nunca me molestó por el contrario me entusiasmaba escuchar a Díaz, por lo que muchas veces desayuné o comí con él, o bien con algunos de sus amigos.

A Raúl Díaz le gustaba invitarme a comer o desayunar con amigos suyos, casi siempre funcionarios de gobierno, con quienes me presentaba para tratar asuntos de la ciudad, por el conocí a muchas personas, personajes algunos como el ex diputado federal Miguel Treviño Emparan, quien también era amigo de don José Carretero, entre otros muchos.

El me invitó a comer por primera vez al legendario restaurante Piedras Negras, propiedad de Juan N. Guerra, hombre poderosísimo en este tiempo y una leyenda en la frontera, de quien se dice comenzó contrabandeando whisky hacia los Estados Unidos a través de Texas en la década de los años 30, y al que conocí y saludé sin saber siquiera quien era él.

Raúl Díaz me caía muy bien, me hablaba de sus amigos, de sus amigas, entre ellas la cantante mexicana “Dulce” de origen matamorense y por supuesto de su gran pasión las ligas pequeñas de beis bol, charla para la que nunca tenía fin, pero que siempre había que cortar, por cuestiones de trabajo.

Un día me confesó que su mayor hazaña había sido viajar en un Volkswagen, desde la frontera hasta Costa Rica, cruzando todo México en su “vocho”, para seguir al equipo infantil de beis bol de las ligas pequeñas, que disputaban un campeonato en aquel país.

En su afán porque yo me integrara lo más rápido posible en la sociedad matamorense, un día me dijo “licenciado”, lo queremos invitar para que se integre al Club Rotario.

Lo de licenciado fue un título que me impusieron desde mi primer día en la frontera y el cual nunca me lo pude quitar, pese a que repetí hasta el cansancio que solo era un pasante de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y que aun cuando había terminado mi carrera, no pude titularme en San Luis Potosí, por falta de tiempo.

Con gusto acepté la propuesta, de integrarme al Club Rotario, aunque en el fondo tenía mis dudas, pues un periodista puede tener muchas afinidades, públicas y sociales, pero siempre deberá anteponer su compromiso como periodista en cualquier circunstancia y el formar parte de cualquier asociación pública o privada siempre será una limitante. Así lo entendí siempre y lo sigo considerando igual, pues como dice el dicho “a quien dos amos sirve con uno queda mal”.

Para integrarme a los Rotarios primero debía ofrecer una charla sobre periodismo en una sesión del Club, por lo que consulté a don José Carretero y él me dio a entender que lo podía hacer siempre y cuando no hablara sobre el periódico El Bravo, pues dijo algo más o menos como “no vamos a cargar con culpas ajenas” y tenía razón los dos teníamos muy poco de habernos integrado al periódico El Bravo, él como presidente del Consejo de Administración y director general y un servidor como Director Editorial.

En la sesión del Club a la que me invitaron como orador les dije entre otras cosas que los medios de comunicación teníamos la obligación de informar pero también de transformar.

En ese tiempo la preocupación de los sectores productivos de Matamoros, era la mala imagen que tenía la ciudad, por los problemas tanto de narcotráfico como de otros sucesos ocurridos recientemente en los que se había convertido en noticia nacional, pero de una forma negativa, situación que todos estaban empeñados en revertir.

Esa era realmente la tarea, para eso me habían contratado para dirigir un medio con una nueva idea, que aprovechara su gran penetración entre las personas que lo leían tanto en México como en el Sur de Texas y que era consultado en las más altas esferas del país, para crear una nueva corriente de opinión hacia la ciudad y sus habitantes.

Esta posición nunca la consideré descabellada, por el contrario la asumí como un reto, en el entendido de que los medios no solo son el espejo de una sociedad, sino también un instrumento de cambio y en los años siguientes a eso enfoque todos mis esfuerzos.

El trámite para obtener mi visa y la de mi familia fue muy sencillo, una mañana Raúl Díaz me visitó en el periódico y me dijo que a las 8:00 horas del día siguiente me iba a recibir una conocida de él en el Consulado de los Estados Unidos en Matamoros, que solo llevara mis papeles y los de mi familia para realizar el trámite.

Me presenté puntual, me identifique en el consulado y un guardia me pasó al interior, me recibió la amiga de don Raúl Díaz, quien me dijo que me quería saludar la cónsul Janice Jacob, quien fungió como mi agente consular, encargada de realizar el trámite de mi visa.

Me preguntó por mi familia y por San Luis Potosí, la Universidad donde había estudiado y por el periódico, nada del otro mundo. Yo había cumplido con todos los requisitos solicitados en el estricto protocolo norteamericano para obtener el documento, por lo que la Cónsul amablemente luego de un rato de conversación, me dijo que las visas, la mía y de mi familia, estarían listas unos días después, que solo pasara a recoger los documentos.

Jannis Jacob, era la típica funcionaria norteamericana, delgada alta, muy rubia, de lentes redondos y muy seria en su función de Cónsul, comportamiento que nunca perdió, incluso después que mantuve con ella un trato de socios en el Club Rotario de Matamoros al que ella también pertenecía y al que acudía a cada una de las sesiones con puntualidad.

Siempre me asombró su verticalidad y comportamiento estricto, mujer de pocas sonrisas, pero muy agradable en su trato, diplomática al fin, cumplió su tarea al frente del consulado norteamericano en Matamoros en forma impecable y tanto en el Club Rotario como en la ciudad en general mantuvo siempre una imagen de honestidad y trabajo en cada una de las actividades que se desarrollaron entre rotarios.

Años después ya en San Luis Potosí, en una ocasión entrevisté al cónsul de los Estados Unidos en Monterrey, para el periódico El Sol de San Luis un norteamericano muy jovial quien me dijo estaba casado con una colombiana, a quien le pregunte por Janice y me dijo que había sido enviada a África, creo a Senegal. (continuará).

 

 

 

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