Los apodos de los maestros

Los apodos de los maestros
Por: Roberto Gutiérrez

El Gordo, el popochas, el ruly,  la nueva, el ceguetas, el bolillo, el burro y el llorón, son  entre otros, los apodos que en la escuela los niños imponen a sus compañeros.

Apodos que los maestros muy en su papel advierten  que castigarán con suspensión o la expulsión, a quienes impongan sobrenombres, advertencia que muchas de las veces, a los niños les entra por un oído y les sale por otro.

Regla que sin embargo se rompe afuera del salón o de la escuela, donde es común escuchar los gritos de los niños más avezados llamando a sus compañeros con estos u otros “títulos” que asombran por su ingeniosidad.

El problema no es ese, pues quien no haya sido expuesto a un apodo de sus compañeros de clase, por algún defecto, o parecido con algo divertido, simplemente no río de buena gana y se sonrojó cuando en la casa, sus papas y hermanos conocieron esos calificativos.

Dichos apodos que se nos imponen en la etapa escolar, molestan, la verdad, pero no son tan fuertes como los que escucha un niño en el aula, cuando el maestro en clases, le pone su verdadero apodo.

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Sí, ese el que trasciende en el subconsciente para toda la vida, que los marca y que los lleva a ser así, como dijo el maestro que eran, primero en clases  y después para toda la vida.

Que un niño escuche de su maestro, que es un “flojo”, “que no entiende”, que es “lento”, “incorregible”, o “tonto”. Esos sí que duelen, si que perduran y sí, que transforman el pequeño mundo de los niños, cuando el papá o la mamá son llamados a la Dirección para enterarse de que su hijo, tendrá malas calificaciones por su falta de “capacidad”, para avanzar junto con el resto del grupo o que simplemente no puede.

Y es aquí donde nos preguntamos, que tan válido es que un maestro, desde su posición de educador, trate de hacerlo con esos calificativos  que en realidad son apodos y de los fuertes, que ponen a sus alumnos, molestos porque el niño “no aprende”, “no pone atención”, “es distraído”, o bien que es un “Burro”.

Si es cierto que las palabras dañan más a una persona que los golpes, imagínese usted estimado lector, el daño cotidiano que reciben los niños, cuando su querido profesor, les dice que son “apáticos”, “inseguros” o “flojos”.

Hasta que punto de la educación, un concepto equivocado puede transformar el destino de una persona, si el sistema educativo se sustenta en el abuso psicológico y en el castigo como parte vertebral de un proceso, que por el contrario debe formar, ciudadanos, no en la agresión, ni en las comparaciones práctica muy socorrida en nuestro sistema educativo, sino en la comprensión y el desarrollo de todas las capacidades.

No es congruente que las frustraciones de los maestros, por malos salarios, malas condiciones de trabajo, etcétera, repercutan en los educandos, se hace daño a la familia, a la comunidad y al país.

El trabajo a desarrollar para que estos abusos terminen tiene mucho camino por recorrer, pues deberá comenzar desde la revisión del modelo educativo nacional, hasta que los maestros lleven a la práctica una educación que no sirva solo para obedecer, sino que los ayude a reflexionar, como una tarea fundamental de su vocación.

Calificar a priori a los niños, por carácter, formas de ser, de pensar, que chocan con el modelo cultural de la educación capitalista, no solo es un error histórico, sino humano,  que se debe enmendar, pues el aula debe ser el corazón de todos los anhelos, de niños, jóvenes, hombres y mujeres que buscan en el saber, un camino para ser mejores, no para ser crucificados y los maestros tienen un pendiente que cumplir en esa tarea.

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