Los sobrevivientes de la calle

Los sobrevivientes de la calle

 

Es constante la sensación, de detenerse frente a una transitada avenida para cruzar al otro extremo, y observar el violento transitar de los automóviles, con esa lucha perene e interminable por alcanzar lo que queda de la efímera luz amarilla. Más inertes que vivos, nadie, salvo los pies que esperan pasar al otro lado, son los que creen que viven una vida menos desgraciada.

No sé qué sucede, con la gente qué maneja tan frenéticamente, siempre tienen  prisa, y pocos se dan cuenta de lo que pasa a su alrededor.

En qué consiste la atención de los turistas al caminar por las calles, observándolo todo, fotografiando hasta los mismísimos basureros, o la banca en la que se sentó fulanito de tal. Curioso comportamiento, el de poner atención a lo que los demás damos por hecho que está ahí, y que no cambiará de lugar. Es pretencioso, ponerse la piel de extranjero en los lugares ajenos, y valorar más lo que queda a miles de millas de nuestro lugar de nacimiento.

Viajar a lugares cercanos, observar que los demás respetan las vialidades, y adoptar la misma actitud. Estando en casa, olvidamos que también podemos aprender a conducir como gente civilizada. A lo mejor, la idea de imaginar que todos los días, después de realizar todos los enseres necesarios para irnos a trabajar, saliéramos creyendo que somos turistas y que vamos a un lugar nuevo, en el cual no conocemos las costumbres, y que debemos respetar lo establecido para deambular en las calles de manera efectiva. En ese caso, Pueblo Quieto, sería un lugar bastante diferente.

Es imposible, frenar el instinto asesino que desencadena, la viva imagen de una mujer al volante de una enorme camioneta,  con una mano en su móvil, seguramente escribiendo un tratado internacional, mientras que con la otra mano, se aplica la máscara de pestañas. Es inevitable, el surgimiento de la gran incógnita de la vida, “¿Quién o qué lleva el volante?”, a menos de que se trate de un vehículo bastante avanzado, de esos futuristas que cuentan con piloto automático. Aún, algunos de los sobrevivientes de las calles, no hemos logrado dirimir dicha controversia.

Y qué sucede, con el psicópata, aquél irracional que arremete con la artillería pesada contra bicicletas o motonetas, creyendo que la misma protección que le brinda su fibra de vidrio, es una de las particularidades de sus víctimas. Pensar que, a lo mejor, antes de impactar a los inmortales monociclos, su conciencia despertará y se dará cuenta de que está incurriendo en una tentativa de homicidio. Sin embargo, eso no sucede.

La mayor incoherencia es aquella que sucede en los carriles de baja, cuando los dos de alta se encuentran ocupados por Don Pasivo y Doña Pasgüata, quienes corren sus vehículos a 20 km por hora, y sienten que van a años luz, y mientras tanto,  de facto llega el seudo- Niki Lauda con sus 120 km asediando al ciudadano responsable que respeta los limites, sin premura alguna, a la velocidad indicada en el carril de baja. Luego entonces, la ironía, se presenta a todas luces en el hostigamiento al factor equivocado, ya que en lugar de chocar defensas con el que va correcto, no va y avienta lamina a Don Pasivo o a Doña Pasgüata.

Y que tal,  los transeúntes que cruzan las calles en vertical, dando la espalda a los coches, son todos unos toreros de la muerte, sus medias verónicas ante el peligro, son un verdadero arte. Sin restarle mención a los suicidas que se aventuran a cruzar las vías rápidas, teniendo pasos a desnivel bastante funcionales, pero con el inconveniente letargo de la empinada cuesta para llegar a la cima de la seguridad, prefieren la adrenalina que corre en sus venas al atravesar con la incertidumbre de saber si llegarán completos al otro lado.

Ser un sobreviviente espectador de la  fauna rara de las calles de nuestro pueblo encabritado, representa todo un logro, saber distinguir entre un psicópata al volante y una mujer pulpo que hace mil cosas a la vez, excepto conducir, es todo un reto de supervivencia, nuestro reglamento de tránsito, debería de contemplar como el Código Penal en su tipificación de delitos, una tipificación de fauna vial, para que los nuevos conductores, se conviertan en unos eruditos de las calles, y de esta forma, conseguir llegar a sus destinos en una sola pieza, o por otro lado, definir cuál es su perfil detrás del volante, y de alguna forma, crear la conciencia de lo que está o no permitido una vez dentro del auto.

Con sólo salir de nuestras casas, podemos encontrar todo un tema que se presta para las mil y una conversaciones. ¿Quién de ustedes no ha sido sujeto de persecución de un urbano amarillo?, esas bestias implacables, dirigidas por otras doblemente bestias, es como el simio que montó al poni,  son irracionalmente activos, y no miden el peligro de aventar su camión a un mini vehículo, o inclusive al señor Don Cacahuate que con esfuerzo espera la señal en rojo para cruzar la gran avenida, pidiéndole permiso a un pie para mover el otro. Igual, no podemos evitar mencionar las riñas semi-pandilleriles  de ventanilla a ventanilla que se suscitan por el sencillo reclamo del que va en su carril y es arrojado, casi impactado por el coche que va  a un costado, y que no sabe respetar la línea casi invisible que define lo denominado “carril”, y ambos terminan batiéndose a duelo, una encarnizada batalla oral, no precisamente cargada de razón, y que en ocasiones trasciende hasta los daños físicos.

Podría pasarme la vida entera hablando de lo que he vivido, como transeúnte o como conductora cafre de una motoneta, pero me faltan dedos, y tiempo, a lo mejor me sobra el tiempo, pero estas letras deben ser cortas para no abrumarlos con el sinfín de cosas que veo y ustedes no.

Antes de la despedida, como conductora temeraria que soy, es imperante invitarlos a darse cuenta de que las motos también somos vehículos y ocupamos un carril, no comprendo esa estúpida idea de la gente de creer, que tenemos que ir cargados al extremo derecho,  en un reducido espacio, entre la puerta de los coches estacionados, que en cualquier momento se abrirá, y además,  en ese reducido espacio ir esquivando baches. No señores, es una gran equivocación, no nos obliguen a cargar nuestras bazucas y apuntarles cada que nos arrojen a un lado por pensar que no debemos ocupar un carril, ello ocasiona accidentes, tanto de los automóviles grandes, medianos, pequeños y las motonetas. En lo tocante a los motociclistas, en especial a los repartidores suicidas, sólo les digo que, no por mucho acelerar van a llegar, con vida. Por aquellos, las demás personas opinan que todos los que tenemos pericia para conducir dichos vehículos, somos igual de descuidados que ellos, a nosotros no nos van a cobrar la pizza por llegar después de los 30 minutos.

En conclusión, debemos observar más, y ser más conscientes de que no somos los únicos que manejamos, y que igual, debemos cuidarnos al encontrarnos expuestos a la fauna vial, como en una selva, hasta los animales tienen usos y costumbres, respetemos las nuestras y evitemos tragedias, tal como lo dijo Aristóteles, somos un zoon politikon, y la sociedad está creada con normas, y ellas, nos vuelven civilizados, hay que seguirlas y verán que la vida, se vuelve más fácil. Les dejo este tema de la Bersuit Vergarabat, “El gordo motoneta”.

http://youtu.be/BK6Wm7UNGuI

 

*Salmón de ideología, abogada de tiempo incompleto, cafeinómana por convicción, en constante lucha por amar lo que hace

 

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