¿Para cuándo una educación de calidad?

¿Para cuándo una educación de calidad?

El estado de la educación en México es catastrófico. Así lo indica el reciente informe de la OCDE sobre educación, que sitúa a los estudiantes de secundaria por debajo de la media, y en su mayoría reprobados en ciencias, matemáticas y lectura. Aunque diversos especialistas ya han comentado este desastre, hay que insistir en este asunto, primordial para el desarrollo del país y , sobre todo, para la calidad de vida de millones de niños, niñas y jóvenes. No podemos plantear una educación para la igualdad entre hombres y mujeres si antes no hay siquiera educación real para todos.

Hablar de “valores” cuando 76% no pasa la prueba de lectura es “arar en el mar”. Quien no sabe leer está excluido del acceso principal a la cultura letrada, a la tecnología, e incluso a las más elementales necesidades humanas. Leer no es unir letras, es entender lo que se lee, comprender unas instrucciones para poder seguirlas, ser capaz de desarrollar un pensamiento crítico. Sin esta habilidad básica, ¿qué futuro espera a nuestra juventud?

Como ha escrito Ricardo Raphael, el fraude educativo es el peor de todos. Quienes nos dedicamos a la educación sabemos que si no se desarrolla el potencial de las personas desde el inicio, difícil será remontar el rezago. Simular que enseñamos, aburrir a niños y niñas con pobres contenidos, métodos obsoletos y actividades inútiles es dilapidar su enorme potencial: la inteligencia se aletarga, se minan las posibilidades de desarrollo intelectual, creativo y personal de cada cual.

Las excusas de las autoridades ante esta catástrofe son escandalosas. Se nos pide esperar a que algún día la mal llamada “reforma educativa” dé frutos. Ni hay tiempo que perder, ni nada indica que una reforma administrativa conduzca a mejores resultados. ¿A cuántas generaciones más pretenden engañar?

El desastre educativo viene de lejos y no se puede modificar en unos años. Por eso mismo es preciso reconocer el problema y tomar medidas efectivas para resolverlo, en vez de recortar el presupuesto destinado a la educación. Aplaudir a la escuela precaria de una zona marginal que carece de mesa-bancos, baños o condiciones mínimas para el aprendizaje, porque, pese a todo, saca adelante a sus alumnos, como se ha hecho, es conformarse con “lo menos peor”. Ensalzar a una alumna excepcional no es loable cuando se permite que el sistema le falle a la mayoría.

Una mejor educación, como demuestra el caso de Singapur, cuyos estudiantes ocuparon el primer lugar en todos los rubros de la prueba PISA, requiere docentes respetados y capacitados, bien remunerados, con las mejores condiciones de trabajo posibles. La crisis de las normales, los bajos sueldos, el nulo prestigio de nuestras maestras y maestros demuestran el nulo interés de las autoridades por garantizar el derecho a una educación de calidad. ¿Cómo pedirle que enseñen mejor a quienes no cuentan con una formación adecuada, dan clase en escuelas en mal estado o dedican horas a asuntos burocráticos, y reciben un salario insuficiente?

La sociedad mexicana es también responsable de esta situación en la medida en que no ha sabido exigir mejores contenidos, mejores docentes y mejores instalaciones escolares. Si no se valora la educación primaria, si se desprecia la educación pública, si en las escuelas confesionales se mutilan contenidos históricos y científicos y no pasa nada, ¿qué educación esperamos?

Darle a niños y niñas las herramientas necesarias para pensar, conectarse con el mundo, desarrollar su creatividad es, junto con la salud y la alimentación, la obligación más elemental de un gobierno. Educar para la igualdad, tarea urgente, empieza por darle a todos una base sólida para aprender y desarrollar ideas propias.

Sin una población educada, el país no tiene futuro. Ya hay zonas donde las empresas han reducido sus requisitos educativos porque no encuentran personal capacitado. Conformarse con la mediocridad es mutilar a la población desde la infancia y poner en riesgo la viabilidad del país.

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